PEREGRINOS A LA GLORIA

Mis pies han seguido sus pisadas;
Guardé su camino, y no me aparté.
Job 23.11 Es probable que a nosotros nos haya sucedido como a Job… comenzamos a afrontar bien la prueba, pero a medida que pasa el tiempo, el desánimo comienza a apoderarse de nosotros y empezamos a decir: ¿Por qué a mí? Job comienza el capítulo 23 de su libro hablando con amargura. Es posible que ya hubieran pasado más de 7 días, durante los cuales había tenido que rascarse con un tiesto a causa de la sarna maligna que lo cubría desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza (Job 2:7,8). Para él, ya esto era suficiente tiempo, y ansiaba saber donde hallar a Dios para exponer su causa delante de él con argumentos muy bien meditados. Sin embargo, Job no estaba muy seguro de encontrar al Señor. Aunque él fuera al oriente, y se moviera al occidente, no hallaría ni percibiría a su Creador (Job 23.8); y aunque Dios mostrara su poder en el norte, Job no lo vería, pues el Todopoderoso se escondería en el sur… ¡con razón dice el escritor a los Hebreos que “sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.”! (Hebreos 11:6) ¿Saben por qué Job no sabía dónde encontrar a Dios? Porque solo le conocía de oídas (Job 42:5). Hasta el momento en que tuvo su encuentro con Dios, toda su vida se había reducido a una religiosidad externa. Es cierto que se levantaba de mañana y ofrecía sacrificios por sus hijos todos los días (Job 1:5), pero lo hacía porque lo había escuchado de otros. Por lo tanto, era necesario que Job conociera al Dios verdadero, y el mismo Dios permitió la tribulación en la vida de este hombre para que llegara al conocimiento de quién era Aquél de quien hasta ahora solo había escuchado. El Señor también permite las pruebas en nuestras vidas para que nos conozcamos a nosotros mismos. Job tenía un problema del cual no era consciente… ¡tenía en alta estima su propia justicia! (Job 32:1; y 34:5) y esta es la razón principal por la que quería encontrar a Dios, para poder llenar su boca de argumentos pues consideraba que Dios no había tenido en cuenta su derecho. Sin embargo, cuando llegamos al capítulo 42 del libro de Job, vemos como este hombre llega a entender que había hablado de cosas que no entendía, de cosas maravillosas que no podía comprender. Ahora Job estaba dispuesto a cerrar la boca, a preguntar, a recibir lo que Dios estuviera dispuesto a enseñarle, y Job se aborreció a sí mismo y se arrepintió en polvo y ceniza. Esta es la misma actitud de Pablo, cuando escribiendo a los filipenses dice: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,” (Filipenses 3:8) En una cosa sí estoy de acuerdo con Job: que Dios nos conoce (Job 23:10), y que si él determina una cosa para nuestra vida la llevará a cabo hasta el fin, estemos nosotros de acuerdo o no. Pero a diferencia de Job, esto no nos espanta ni nos turba, porque sabemos que todas las cosas, absolutamente todas, nos ayudan a bien aunque en el primer momento no lo podamos entender (Romanos 8:28). En el versículo que corresponde al post de hoy, Job dice haber seguido sus pisadas y haber guardado su camino, pero ya hemos dicho que Job tuvo que tragarse sus palabras, por así decirlo, cuando el Altísimo se le revela y Job le responde a Dios en el capítulo 42 de su libro. Sin embargo, este versículo nos exhorta y nos llama a la reflexión… ¿Hemos seguido sus pisadas? Por lo menos, hemos seguido las pisadas de la fe que tuvo Abraham antes de ser circuncidado (Romanos 4.12)… ¡Hemos creído a Dios! No estoy diciendo que hemos creído EN Dios, ya que todos dicen creer en él pero con sus acciones desmienten tal cosa. Estoy diciendo que hemos creído A Dios, exactamente como Abram creyó a Jehová, cuando Jehová le dijo que su descendencia sería como las estrellas en los cielos y como la arena en la orilla del mar (Génesis 15:6). Hemos creído a su preciosa Palabra, y a las promesas de las cosas que nos aguardan en los lugares celestiales. Pero Pedro habla de otras pisadas, pisadas que deberían ser para nosotros mucho más preciosas. En el segundo capítulo de su primera carta, comenzando en el versículo 20, Pedro dice que hemos sido llamados para sufrir haciendo lo bueno, y no haciendo lo malo, pues en esto último no hay gloria. Y el motivo de lo anteriormente expuesto, es que Cristo padeció por nosotros, y nos dejó ejemplo para que sigamos sus pisadas. No hemos sido llamados para acompañar nuestros nombres con títulos llamativos, que indican que trabajamos en la obra de Dios. No veo esto en Pablo, pues cuando habla de sí mismo él no escribe Siervo, sino siervo; tampoco escribe Apóstol, sino apóstol; y los grandes hombres de la iglesia primitiva reservaban los nombres en mayúsculas para Aquél que debería tener la preeminencia en todo. Hemos sido llamados para sufrir haciendo el bien, si esto es necesario ¿Acaso Cristo no vino para hacer el mayor bien para nuestras vidas? Y esto significó que él tenía que padecer, pues no había otro camino posible para redimir nuestras almas. En los versículos 22 al 24 del segundo capítulo de la primera carta de Pedro se describen ampliamente las pisadas de Cristo, para que nosotros las sigamos; y los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan nos enseñan cómo nuestro Salvador anduvo en este mundo, para que nosotros también le imitemos. Cuando lo hagamos, podremos decir con toda confianza: “Mis pies han seguido sus pisadas; guardé su camino, y no me aparté.” ¡Que así sea, para la gloria y honra de su nombre!